martes, 12 de febrero de 2013

La confesión de Jackeline

Empieza el mes de abril corriendo el año 2009 en la calurosa Ibagué, yo estaba en mi condición de estudiante de VII semestre de medicina muy emocionada, como nunca en la carrera diría yo, pues iba rumbo al Hospital Federico Lleras a comenzar la rotación de prácticas clínicas en psiquiatría, área que en III semestre me cautivó y me enamora todavía...

Eran aproximadamente las seis y media de la mañana y con el corazón a mil tomé un taxi hasta el hospital, estrenando libreta y lapicero, escuchando a John Lennon en mi mp3,  llamé a mi mamá para decirle que ya había llegado a la unidad de salud mental y que estaba muy nerviosa, ella como siempre me alentó y me hizo reír.

Me encontré con mis compañeros de la universidad y empezó nuestra jornada en ese recinto, el más frío del hospital, el más apartado, el más olvidado y temido por la mayoría, yo por mi parte lo encontraba emocionante, espectacular. Me dio mucha risa ver cómo el vigilante que custodiaba la entrada nos miraba como si no supiéramos qué nos esperaba allí dentro...

Se nos asignó inicialmente a cada estudiante un paciente, y para mi fortuna me tocó con Jackeline F., una mujer de 28 años, altísima, pelirroja y ensortijada, pecosa, gruesa y de espalda ancha, extremidades delgadas y una sonrisa desigual bastante agradable, un tono de voz muy suave, bastante tímida y con las uñas más bonitas que haya visto sin la necesidad de una manicura. 

Jackeline había llegado a la unidad en la noche del día anterior, traída por su papá, quien según me contaba ella era un señor de 60 años, viudo y jubilado tras haber sido profesor de música por casi 40 años en el conservatorio de la capital tolimense, un tipo frío, distante y muy exigente. Jackeline me contaba que no sabía bien por qué había llegado al hospital, tenía entendido que el día anterior "había estado muy alterada, estaba como muy nerviosa, había un muchacho del barrio que me perseguía, a mí me llegó a gustar cuando era una adolescente, pero después me daba como asco y le dejé de hablar, luego empezó a buscarme y yo ya no quería verlo, yo creo que me puse muy mal porque me decía que quería tener relaciones conmigo y yo no quería, no quería hacer eso tan feo. Supongo que me puse muy brava y le empecé a pegar, luego mi papá me encontró y me agarró muy fuerte de los brazos y me haló el pelo, el muchacho le dijo a mi papá que yo estaba loca y que lo quería matar". 

Algo un tanto parecido decía en la carpeta de su historia clínica, y según reportaba el padre, Jackeline venía desde hacía varios días "diciendo incoherencias, decía que era la virgen, que todos estaban contaminados, dejó de comer, no dormía, pasaba el día cantando, predicando y persiguiendo a un tal Ricardo, el muchacho del que tanto me habló mi paciente, quien efectivamente la estaba buscando por sexo como único fin. Luego lo entendería todo...

Al final del registro vi que el psiquiatra de turno le hizo diagnóstico de episodio depresivo grave con síntomas psicóticos, pues aparte de haber perdido el contacto con la realidad, había intentado quitarse la vida ahorcándose, eso no me lo contó ella, supongo que porque no lo recordaba, pero si le vi unas marcas rojas alrededor del cuello de cuyo dolor hizo conciencia después.

Durante la hospitalización Jackeline fluctuó muchísimo, pasaba de estar triste y melancólica, colérica, a estar eufórica, llena de carcajadas, me abrumaba porque era como hablar con dos personas diferentes. Sinceramente no estuve de acuerdo con ese diagnóstico inicial, pues realmente Jackeline no estaba deprimida, estaba confundida de tanta información con la que no sabía qué hacer.

Un buen día Jackeline estaba en su mejor momento y se me acercó mientras yo hacía mis notas de evolución. Ella se estaba comiendo un sánduche con un jugo de cajita y de repente comenzó a hablarme con una tranquilidad que nunca le había visto, se abrió a mí como un libro y me contó su historia, "lo que pasa es que usted me genera mucha confianza y yo necesito hablar de todo esto porque me siento ahogada, nunca se lo he podido decir a nadie, imagínese, la única persona en la que yo confiaba era mi mamá y ella se fue hace mucho rato, se puso muy enferma por muchos años hasta que se murió, y me queda mi papá que aunque lo quiero mucho no me deja que le hable como quisiera, es muy distante, muy raro, y muy estricto, sobre todo con el tema del futuro y del matrimonio, él dice que yo me tengo que casar, ojalá con un hombre mayor que yo y que tenga suficiente dinero para mantenerme, pues yo como maestra de la música no podré generar muchos ingresos... Creo que no le había contado, estoy en noveno semestre de estudios musicales en el conservatorio... Yo en la universidad tengo una confidente, una amiguita, es como la otra parte de mí, mi papá no la quiere conocer porque dice que no es una buena mujer, que es rara, así como yo. Ella se llama Ángela, y yo la veo como mi amante, como mi compañera, ella es muy linda y me gusta mucho, de hecho me fascina, una vez en clase de solfeo nos quedamos solas en el salón y yo aproveché y de una le dije que me gustaba, tenía mucho miedo de que me rechazara y no fue así, tomó mi cara en sus manos y me dio el más dulce y suave de los besos, sobre mis labios que no me gustan porque son como moraditos y llenos de pecas, pero yo creo que ella no le importaba, porque los besó muchas veces y yo no se lo impedí, nos tocamos las manos, las espaldas, los pechos, las piernas, después salimos muertas de la risa y nos sentíamos en un mundo que sólo nos pertenecía a nosotras y no entendían nada... Me gustaba ver que la gente no entendía nada... No podía dejar de pensar en ese momento y lo único que quería era estar con ella, yo tocaba canciones en el piano y ella cantaba, éramos un dueto espectacular".

Hacía varios años que Jackeline F. se había dado cuenta que le gustaban las mujeres, como en sus propias palabras, "me muero por las congéneres, los hombres no me mueven las fibras y no me gusta que sean tan bruscos, las mujeres somos frágiles, sutiles, y poderme ver en otra lo encuentro divino". Después el padre de Jackeline accedió a tener una charla conmigo, y me confirmó sus sospechas acerca de la homosexualidad de su hija, que para mí fue todo un reto, pues me encontraba en frente de lo más conservador e impenetrable que he conocido, pero él sabía que el amor por su hija debía estar por encima de todo, incluso de sus inclinaciones sexuales.

Pasaron los días y Jackeline tuvo una crisis muy fea, como nunca la había visto, los doctores por fin atinaron a decir que mi paciente era realmente bipolar, y me quedó muy claro cuando debutó con una manía digna de publicar en un artículo de revisión, fue mi primer contacto con la euforia clínicamente vista como estudiante. Jackeline me miraba con una angustia horrible, se le dilataron las pupilas y no me quitaba los ojos de encima, como queriendo escapar cuando llegaron los auxiliares de enfermería más grandes de la unidad y por orden del Dr. Novoa la inmovilizaron, la jefe le aplicó el esquema de sedación. Jackeline lloró mucho y por muchas horas, forcejeaba inútilmente con las bandas con  las que estaba atada a la cama, lloraba sin parar, luego se quedó dormida...

Al día siguiente entré a su pieza y estaba mejor, de hecho, mucho mejor, estaba muy arreglada, se había echado perfume y se había vestido muy bien, había negociado con su papá y con la jefe e iba a dar un a especie de recital ese día durante la visita. El papá le llevó la guitarra y juntos cantaron Si nos dejan de José Alfredo Jiménez, y mientras cantaba como sólo ella lo sabía hacer, me miraba con una complicidad única, sonreía tanto, como nunca la había visto, Jackeline estaba muy feliz, realmente feliz.

Ya había pasado un mes y unos días desde que había conocido a mi paciente, y pasó por momentos muy difíciles, tuvieron que sedarla e inmovilizarla muchas veces más, la pasó muy mal. Hubo un día en que el doctor Novoa decidió ordenarle una TEC (terapia electroconvulsiva), porque "estaba fluctuando mucho y ni el litio ni nos antipsicóticos le estaban sirviendo". Fueron muchas sesiones de TEC que tuve que presenciar, y a diferencia del resto de los pacientes, que suelen tener amnesia del episodio, ella se acordaba de todo, y sin embargo sabía que lo necesitaba y no decía nada, sólo me miraba con los ojos vidriosos y se secaba las lágrimas con el saco.

Finalmente, a finales de mayo, los doctores decidieron darle salida a Jackeline F, ya la habían diagnosticado como bipolar y le habían establecido su esquema de tratamiento. Nos sentamos un buen rato en el comedor, nos reímos, lloramos un poco y compartimos un paquete de papas... Estaba muy arreglada, oliendo rico y con las manos frías y sudorosas. Después de almuerzo llegó su papá a recogerla, me regaló unos mangos y se despidió muy formalmente. A los pocos minutos llegó una mujer de contextura pequeña, morena, de cabello negro y corto, con un oboe colgado en el hombro, me tomó la mano y me la sacudió con firmeza exclamando "muchas gracias, gracias de verdad", era Ángela. No volví a ver a Jackeline, y no he conocido a ninguna mujer como ella...

Sola

Era hermoso ver cómo desde tan alto, bañaba el pequeño lago con su manto,
subía, bajaba, daba vueltas, daba vueltas, toda ella era bella, resuelta,
sin quedarse quieta andaba por aquí, por allá, quería esto, aquello, sabía que no quería parar...

Pudo sentir cómo la brisa indiscreta, se mezclaba con sus plumas,
invadía inquieta el espacio, cortejaba a la luna, se sentía única, no había ninguna,
que brillara tanto con tan simple belleza, tan pequeña, tan tremenda...

Voy andando entre las horas y me pierdo en el silencio, miro esto, toco aquello, luego sonrío, lloro, pienso...

La transparencia de la soledad ensombrece el espacio, me siento llena, como que no alcanzo, luego vacía, desconcertada, no entendía, como abrumada.

El apetito, las ganas, el movimiento, todo se había ido, persiguiendo al viento,
que impetuoso e irreverente piso no una, sino dos y mil veces ese momento inerte,
extraño, difícil, amargo...

Resolví seguir tan hermosa energía que de repente quería hacerme compañía,
observé su paso, su melancolía, el ocaso, cómo su tristeza la hacía mía...
Por qué es tan recurrente este sentimiento de vacuidad?, dónde está todo aquello que le da color al rato, a la cotidianidad?

Intenté inútilmente impedir su salida, pero las lágrimas atrevidas humedecieron mi rostro, mi ropa, mi mente, mi sombra, que me abandona incluso en la oscuridad inminente...

Llegaba milagrosamente la luz del día y sentía el alma hinchada,
me asomé por la ventana y ella seguía ahí, indemne, inmaculada,
y para mi sorpresa vi cómo revoloteaba divina, desorientada,
y en el momento menos esperado, empezó a andar despacio,
y cuando por fin lo entendí todo, vi cómo entre millones de mariposas rosadas,
rompía en muerte, en dicha, toda alucinada...

Enamorado de una marioneta


Otra vez como siempre salía Juan apurado y mal vestido,
con un pantalón a cuadros y una camisa (quisiera de lino),
con la mirada fija hacia aquel teatro, que de su casa quedaba a unos pasos.
Con la cara sudada, lleno de algún aroma barato y  un ramo hermoso ramo de  nardos, ¡Para quién serían tan bellas flores que con tanto esfuerzo logró adquirir! Se decía a sí mismo: “Tranquilo, Juan, no llores, ten por seguro que con amores las han de recibir”.

Cual niño pequeño que quiere un confite, corre Juan a la primera fila, esperando ansioso que nadie el puesto le quite, para ver de cerca a la preciosa María, hermosa mujer que con dulce mirada observaba. Tan linda se veía, como el más bello de todos los nardos, Juan no entendía, estaba abrumado, tan pequeña criatura, le hacía sentir mil y una emociones, pero aun así era algo único, sus penas parecían volverse hermosas canciones, extasiado estaba, ¡Cómo le sudaban las manos! Cada uno de sus movimientos lo estremecía, así mismo lloraba, y sus lágrimas rociaban los nardos, y aunque queriendo calmarse, no lo conseguía.

Al acabar la función, Juan aplaudió con gran emoción, salió de repente desde el telón, el famoso Facundo, el que la obra escribió. Salían tras él cuatro marionetas como si cayeran del cielo, “esta es Juana, este es Pedro, aquella Lucía, y la estrella de la noche, la más bella, María”, exclamaba Facundo al público. Como puñaladas, dichas palabras sobre Juan recayeron, sentía mucha tristeza, sentía que moría.

Los días pasaron y la obra seguía en función, y desde la ventana de Juan, sólo se sentía olor a alcohol, seguía preguntándose por qué María sólo era una ilusión, y triste y borracho, le compuso una canción. Tan bella era, que hasta la luna se estremeció, y tan genial pacto le ofreció, que Juan sin balbuceos aceptó. ¡Si me permites ayudarte, en marioneta te convertiré, sé que amas a María, y si eres tal, ella podrá amarte también, pero a cambio quiero que tu alma me des, no te preocupes, todo saldrá bien, ten presente que si en madera te vuelves, igual poco o nada vas a sentir. Tú lo que quieres es estar con María y eso te lo puedo permitir. ¿No estás de acuerdo?-Exclamó perversa la luna quien lo único que quería era el poema e inmortalizarlo con el alma de Juan. –Te recuerdo que si llegas a darle un único beso, mucho te arrepentirás, pues perderás lo poco de alma que te quede, y a ella se lo darás y probablemente se convierta en una mujer de verdad, pero para aquel entonces tu vida me pertenecerá. -¡Cómo puedes ser tan despiadada, luna, cómo no besar a quien realmente amo! –Pero ya era tarde y la blanca maga a Juan en marioneta convirtió, y cual quien roba un tesoro, al pobre Juan el alma quitó.

Juan caminaba entonces hacia el teatro manejado por los hilos de su pasión, dispuesto a ver a María protagonista de la función, escondido tras las cortinas, por meses la observó. Cuando la función concluía, Juan se retiraba al lugar donde Facundo guardaba las marionetas, y distinguiéndola entre todas ellas, tomaba entre sus brazos a María.

Inesperadamente, una de todas esas noches María cobró vida, Juan no lo podía creer, tan bella criatura lo hacía estremecer, y con tiernas caricias comenzó a hablarle, y María, sorprendida, así mismo le respondió. Las horas a pesar de inexorables, se hacían eternas y tan bello momento Juan disfrutó.

Pero una infortunada noche, Juan no resistió más, un hermoso beso en la boca de María implantó con amor, ella contenta, cariñosa le respondió: -¡Tan bello gesto no olvidaré jamás! –Juan aturdido, comenzó a llorar. -¿Qué te pasa? –Gritó desconcertada María -¡No puedo decírtelo, es algo fatal! -¿Fatal haberme dado un beso? –Preguntó entre lágrimas la bella mujer. -¡Eso mismo, mi niña, por darte un beso es que debo perecer! Pero no importa, tuve lo que tanto añoré, tener tus labios junto a los míos es más bello que cualquier otra cosa, pero mi alma ya no me pertenece, se la di a la luna, quien me quita la vida al darte el beso que tanto quería… -Desvanecía Juan entre tanta ternura y dolor, y como pedazo de madera al suelo cayó, liberando su última lágrima en las manos de María, quien sin entender nada, unos hermosos nardos recogía, que sin razón del pecho de Juan florecían.

lunes, 11 de febrero de 2013

...Y no lo sabías

Tienes los ojos oscuros y brillantes custodiados por tus cejas tan espesas como tu pelo, la sonrisa amplia, límpida, labios divinos delineados, el cuello delgado, las clavículas prominentes, senos pequeños, tímidos apenas visibles sobre tus ropas, dorso angosto y frágil, bellas caderas, brazos y piernas firmes, pies pequeños... Eres hermosa y no lo sabes...

Eres tímida para reírte y para hablar, de hecho hablas poco, pero cuando lo haces invades con tu luz e irrumpes en el silencio, que tú no lo sabes, pero se muere por escucharte.

La gente te mira y opina que eres tierna, hacendosa, servicial, dicen que eres amable (si realmente supieran que para ti ser amable no es más que ser digno de ser amado!), dicen muchas cosas de ti, pero tú por tu parte piensas que eres sólo una persona más que lucha en el día a día por complacer a los demás, por tener todo listo, la comida, el aseo, todo.

Siempre te gustó dibujar, pintar, plasmar en un papel, un lienzo, una fotografía, todo lo que tus sueños susurraban sigilosos todos los días desde que eras niña, y sin embargo, desconocías tan colosales dones, no sabías si lo hacías bien, de hecho escribiste alguna vez que tu mayor temor era el fracaso, y sobre todo, la soledad. Ahora que lo pienso, efectivamente creo que siempre estuviste sola, bien dicen que la mayor soledad procede de las multitudes, y así estabas tú, estabas ya tan exhausta de todo, de la nada, y aún sin saberlo relucías inmaculada en medio de todo lo que te rodeaba... en medio de tanta adversidad, en el ruido de las personas que por supuesto no sabían lo que decían, basura para la que tú ya habías ensordecido hacía mucho tiempo.

con el paso del tiempo creció tu necesidad por ser escuchada, por recibir una palabra amorosa, ser acariciada, tocada, te ahogabas solitaria con todo lo que tenías para decir, y el mundo sin saberlo, ignoraba todo lo que tenías guardado en las entrañas, que custodiabas como quien guarda una piedra preciosa. (Cuánto daría hoy por haberte podido escuchar antes de que decidieras marcharte...)

Habrá sido por todo eso que te entregaste con tanto esmero a tus padres, tus hermanos, incluso a la iglesia, que creo que te confundía a ratos, pero se que la veías como un refugio. Estabas triste, te sentías sola, frágil, y no lo sabías, ellos tampoco...

Pasaban los días y tú seguías ahí, callada, solitaria, impresionabas indemne ante tantas dificultades, querellas, favores que no querías hacer y que finalmente hacías porque eras noble, y porque sabías que la nobleza te obligaba a hacerlo.

Ya muchas cosas habían cambiado y tu entereza ya no era la misma, el brillo de tus ojos se había marchado así como la abundancia de tu pelo, y llegaron ideas nihilistas que poco a poco se fueron apoderando de tu conciencia y de tus percepciones, sentías que el olor de tu piel había cambiado, no podías distinguir tu sonrisa de tu llanto, ya no querías comer, habías perdido peso, creías que ya el corazón se te había parado, así como se te fueron las ganas, la luz. Todo te daba lo mismo, muchas de las cosas que alguna vez quisiste ya no te importaban, incluso aquel amor que alguna vez tu alma y tus carnes ambicionaron en silencio, ya no significaba nada para ti...

Fue entonces cuando en una noche insomne, a mediados de noviembre, con la respiración entrecortada, el corazón en la garganta y las manos sudorosas que temerosas recorrían tu cuerpo por última vez, estabas determinada a darle fin a todo, no querías nada más que desaparecer, y con el valor que ni el más glorioso caballero pudo haber tenido en la más temible de las batallas, con una solemnidad absoluta, levitando entre mariposas de colores y aromas florales nunca antes percibidos, decidiste irte, sin avisar, y sobre todo, sin prisa, y en el momento menos esperado, saliste por la ventana de forma espectacular, como un montón de estrellas estallando en una inigualable supernova a millones de kilómetros de aquí, donde por fin eres libre, tan única, tan pura, como siempre quisiste, por encima de todo, del bien y del mal, más allá del cielo, custodiando el universo, y ahora lo sabes, aunque ellos no lo sepan aún... Te extraño, y no te imaginas cuánto...