Empieza el mes de abril corriendo el año 2009 en la calurosa Ibagué, yo estaba en mi condición de estudiante de VII semestre de medicina muy emocionada, como nunca en la carrera diría yo, pues iba rumbo al Hospital Federico Lleras a comenzar la rotación de prácticas clínicas en psiquiatría, área que en III semestre me cautivó y me enamora todavía...
Eran aproximadamente las seis y media de la mañana y con el corazón a mil tomé un taxi hasta el hospital, estrenando libreta y lapicero, escuchando a John Lennon en mi mp3, llamé a mi mamá para decirle que ya había llegado a la unidad de salud mental y que estaba muy nerviosa, ella como siempre me alentó y me hizo reír.
Me encontré con mis compañeros de la universidad y empezó nuestra jornada en ese recinto, el más frío del hospital, el más apartado, el más olvidado y temido por la mayoría, yo por mi parte lo encontraba emocionante, espectacular. Me dio mucha risa ver cómo el vigilante que custodiaba la entrada nos miraba como si no supiéramos qué nos esperaba allí dentro...
Se nos asignó inicialmente a cada estudiante un paciente, y para mi fortuna me tocó con Jackeline F., una mujer de 28 años, altísima, pelirroja y ensortijada, pecosa, gruesa y de espalda ancha, extremidades delgadas y una sonrisa desigual bastante agradable, un tono de voz muy suave, bastante tímida y con las uñas más bonitas que haya visto sin la necesidad de una manicura.
Jackeline había llegado a la unidad en la noche del día anterior, traída por su papá, quien según me contaba ella era un señor de 60 años, viudo y jubilado tras haber sido profesor de música por casi 40 años en el conservatorio de la capital tolimense, un tipo frío, distante y muy exigente. Jackeline me contaba que no sabía bien por qué había llegado al hospital, tenía entendido que el día anterior "había estado muy alterada, estaba como muy nerviosa, había un muchacho del barrio que me perseguía, a mí me llegó a gustar cuando era una adolescente, pero después me daba como asco y le dejé de hablar, luego empezó a buscarme y yo ya no quería verlo, yo creo que me puse muy mal porque me decía que quería tener relaciones conmigo y yo no quería, no quería hacer eso tan feo. Supongo que me puse muy brava y le empecé a pegar, luego mi papá me encontró y me agarró muy fuerte de los brazos y me haló el pelo, el muchacho le dijo a mi papá que yo estaba loca y que lo quería matar".
Algo un tanto parecido decía en la carpeta de su historia clínica, y según reportaba el padre, Jackeline venía desde hacía varios días "diciendo incoherencias, decía que era la virgen, que todos estaban contaminados, dejó de comer, no dormía, pasaba el día cantando, predicando y persiguiendo a un tal Ricardo, el muchacho del que tanto me habló mi paciente, quien efectivamente la estaba buscando por sexo como único fin. Luego lo entendería todo...
Al final del registro vi que el psiquiatra de turno le hizo diagnóstico de episodio depresivo grave con síntomas psicóticos, pues aparte de haber perdido el contacto con la realidad, había intentado quitarse la vida ahorcándose, eso no me lo contó ella, supongo que porque no lo recordaba, pero si le vi unas marcas rojas alrededor del cuello de cuyo dolor hizo conciencia después.
Durante la hospitalización Jackeline fluctuó muchísimo, pasaba de estar triste y melancólica, colérica, a estar eufórica, llena de carcajadas, me abrumaba porque era como hablar con dos personas diferentes. Sinceramente no estuve de acuerdo con ese diagnóstico inicial, pues realmente Jackeline no estaba deprimida, estaba confundida de tanta información con la que no sabía qué hacer.
Un buen día Jackeline estaba en su mejor momento y se me acercó mientras yo hacía mis notas de evolución. Ella se estaba comiendo un sánduche con un jugo de cajita y de repente comenzó a hablarme con una tranquilidad que nunca le había visto, se abrió a mí como un libro y me contó su historia, "lo que pasa es que usted me genera mucha confianza y yo necesito hablar de todo esto porque me siento ahogada, nunca se lo he podido decir a nadie, imagínese, la única persona en la que yo confiaba era mi mamá y ella se fue hace mucho rato, se puso muy enferma por muchos años hasta que se murió, y me queda mi papá que aunque lo quiero mucho no me deja que le hable como quisiera, es muy distante, muy raro, y muy estricto, sobre todo con el tema del futuro y del matrimonio, él dice que yo me tengo que casar, ojalá con un hombre mayor que yo y que tenga suficiente dinero para mantenerme, pues yo como maestra de la música no podré generar muchos ingresos... Creo que no le había contado, estoy en noveno semestre de estudios musicales en el conservatorio... Yo en la universidad tengo una confidente, una amiguita, es como la otra parte de mí, mi papá no la quiere conocer porque dice que no es una buena mujer, que es rara, así como yo. Ella se llama Ángela, y yo la veo como mi amante, como mi compañera, ella es muy linda y me gusta mucho, de hecho me fascina, una vez en clase de solfeo nos quedamos solas en el salón y yo aproveché y de una le dije que me gustaba, tenía mucho miedo de que me rechazara y no fue así, tomó mi cara en sus manos y me dio el más dulce y suave de los besos, sobre mis labios que no me gustan porque son como moraditos y llenos de pecas, pero yo creo que ella no le importaba, porque los besó muchas veces y yo no se lo impedí, nos tocamos las manos, las espaldas, los pechos, las piernas, después salimos muertas de la risa y nos sentíamos en un mundo que sólo nos pertenecía a nosotras y no entendían nada... Me gustaba ver que la gente no entendía nada... No podía dejar de pensar en ese momento y lo único que quería era estar con ella, yo tocaba canciones en el piano y ella cantaba, éramos un dueto espectacular".
Hacía varios años que Jackeline F. se había dado cuenta que le gustaban las mujeres, como en sus propias palabras, "me muero por las congéneres, los hombres no me mueven las fibras y no me gusta que sean tan bruscos, las mujeres somos frágiles, sutiles, y poderme ver en otra lo encuentro divino". Después el padre de Jackeline accedió a tener una charla conmigo, y me confirmó sus sospechas acerca de la homosexualidad de su hija, que para mí fue todo un reto, pues me encontraba en frente de lo más conservador e impenetrable que he conocido, pero él sabía que el amor por su hija debía estar por encima de todo, incluso de sus inclinaciones sexuales.
Pasaron los días y Jackeline tuvo una crisis muy fea, como nunca la había visto, los doctores por fin atinaron a decir que mi paciente era realmente bipolar, y me quedó muy claro cuando debutó con una manía digna de publicar en un artículo de revisión, fue mi primer contacto con la euforia clínicamente vista como estudiante. Jackeline me miraba con una angustia horrible, se le dilataron las pupilas y no me quitaba los ojos de encima, como queriendo escapar cuando llegaron los auxiliares de enfermería más grandes de la unidad y por orden del Dr. Novoa la inmovilizaron, la jefe le aplicó el esquema de sedación. Jackeline lloró mucho y por muchas horas, forcejeaba inútilmente con las bandas con las que estaba atada a la cama, lloraba sin parar, luego se quedó dormida...
Al día siguiente entré a su pieza y estaba mejor, de hecho, mucho mejor, estaba muy arreglada, se había echado perfume y se había vestido muy bien, había negociado con su papá y con la jefe e iba a dar un a especie de recital ese día durante la visita. El papá le llevó la guitarra y juntos cantaron Si nos dejan de José Alfredo Jiménez, y mientras cantaba como sólo ella lo sabía hacer, me miraba con una complicidad única, sonreía tanto, como nunca la había visto, Jackeline estaba muy feliz, realmente feliz.
Ya había pasado un mes y unos días desde que había conocido a mi paciente, y pasó por momentos muy difíciles, tuvieron que sedarla e inmovilizarla muchas veces más, la pasó muy mal. Hubo un día en que el doctor Novoa decidió ordenarle una TEC (terapia electroconvulsiva), porque "estaba fluctuando mucho y ni el litio ni nos antipsicóticos le estaban sirviendo". Fueron muchas sesiones de TEC que tuve que presenciar, y a diferencia del resto de los pacientes, que suelen tener amnesia del episodio, ella se acordaba de todo, y sin embargo sabía que lo necesitaba y no decía nada, sólo me miraba con los ojos vidriosos y se secaba las lágrimas con el saco.
Finalmente, a finales de mayo, los doctores decidieron darle salida a Jackeline F, ya la habían diagnosticado como bipolar y le habían establecido su esquema de tratamiento. Nos sentamos un buen rato en el comedor, nos reímos, lloramos un poco y compartimos un paquete de papas... Estaba muy arreglada, oliendo rico y con las manos frías y sudorosas. Después de almuerzo llegó su papá a recogerla, me regaló unos mangos y se despidió muy formalmente. A los pocos minutos llegó una mujer de contextura pequeña, morena, de cabello negro y corto, con un oboe colgado en el hombro, me tomó la mano y me la sacudió con firmeza exclamando "muchas gracias, gracias de verdad", era Ángela. No volví a ver a Jackeline, y no he conocido a ninguna mujer como ella...