Era hermoso ver cómo desde tan alto, bañaba el pequeño lago con su manto,
subía, bajaba, daba vueltas, daba vueltas, toda ella era bella, resuelta,
sin quedarse quieta andaba por aquí, por allá, quería esto, aquello, sabía que no quería parar...
Pudo sentir cómo la brisa indiscreta, se mezclaba con sus plumas,
invadía inquieta el espacio, cortejaba a la luna, se sentía única, no había ninguna,
que brillara tanto con tan simple belleza, tan pequeña, tan tremenda...
Voy andando entre las horas y me pierdo en el silencio, miro esto, toco aquello, luego sonrío, lloro, pienso...
La transparencia de la soledad ensombrece el espacio, me siento llena, como que no alcanzo, luego vacía, desconcertada, no entendía, como abrumada.
El apetito, las ganas, el movimiento, todo se había ido, persiguiendo al viento,
que impetuoso e irreverente piso no una, sino dos y mil veces ese momento inerte,
extraño, difícil, amargo...
Resolví seguir tan hermosa energía que de repente quería hacerme compañía,
observé su paso, su melancolía, el ocaso, cómo su tristeza la hacía mía...
Por qué es tan recurrente este sentimiento de vacuidad?, dónde está todo aquello que le da color al rato, a la cotidianidad?
Intenté inútilmente impedir su salida, pero las lágrimas atrevidas humedecieron mi rostro, mi ropa, mi mente, mi sombra, que me abandona incluso en la oscuridad inminente...
Llegaba milagrosamente la luz del día y sentía el alma hinchada,
me asomé por la ventana y ella seguía ahí, indemne, inmaculada,
y para mi sorpresa vi cómo revoloteaba divina, desorientada,
y en el momento menos esperado, empezó a andar despacio,
y cuando por fin lo entendí todo, vi cómo entre millones de mariposas rosadas,
rompía en muerte, en dicha, toda alucinada...
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