Otra vez como
siempre salía Juan apurado y mal vestido,
con un
pantalón a cuadros y una camisa (quisiera de lino),
con la mirada
fija hacia aquel teatro, que de su casa quedaba a unos pasos.
Con la cara
sudada, lleno de algún aroma barato y un
ramo hermoso ramo de nardos, ¡Para quién
serían tan bellas flores que con tanto esfuerzo logró adquirir! Se decía a sí
mismo: “Tranquilo, Juan, no llores, ten por seguro que con amores las han de
recibir”.
Cual niño
pequeño que quiere un confite, corre Juan a la primera fila, esperando ansioso
que nadie el puesto le quite, para ver de cerca a la preciosa María, hermosa
mujer que con dulce mirada observaba. Tan linda se veía, como el más bello de
todos los nardos, Juan no entendía, estaba abrumado, tan pequeña criatura, le
hacía sentir mil y una emociones, pero aun así era algo único, sus penas
parecían volverse hermosas canciones, extasiado estaba, ¡Cómo le sudaban las
manos! Cada uno de sus movimientos lo estremecía, así mismo lloraba, y sus
lágrimas rociaban los nardos, y aunque queriendo calmarse, no lo conseguía.
Al acabar la
función, Juan aplaudió con gran emoción, salió de repente desde el telón, el
famoso Facundo, el que la obra escribió. Salían tras él cuatro marionetas como
si cayeran del cielo, “esta es Juana, este es Pedro, aquella Lucía, y la
estrella de la noche, la más bella, María”, exclamaba Facundo al público. Como
puñaladas, dichas palabras sobre Juan recayeron, sentía mucha tristeza, sentía
que moría.
Los días
pasaron y la obra seguía en función, y desde la ventana de Juan, sólo se sentía
olor a alcohol, seguía preguntándose por qué María sólo era una ilusión, y
triste y borracho, le compuso una canción. Tan bella era, que hasta la luna se
estremeció, y tan genial pacto le ofreció, que Juan sin balbuceos aceptó. ¡Si
me permites ayudarte, en marioneta te convertiré, sé que amas a María, y si
eres tal, ella podrá amarte también, pero a cambio quiero que tu alma me des,
no te preocupes, todo saldrá bien, ten presente que si en madera te vuelves,
igual poco o nada vas a sentir. Tú lo que quieres es estar con María y eso te
lo puedo permitir. ¿No estás de acuerdo?-Exclamó perversa la luna quien lo
único que quería era el poema e inmortalizarlo con el alma de Juan. –Te recuerdo
que si llegas a darle un único beso, mucho te arrepentirás, pues perderás lo
poco de alma que te quede, y a ella se lo darás y probablemente se convierta en
una mujer de verdad, pero para aquel entonces tu vida me pertenecerá. -¡Cómo
puedes ser tan despiadada, luna, cómo no besar a quien realmente amo! –Pero ya
era tarde y la blanca maga a Juan en marioneta convirtió, y cual quien roba un
tesoro, al pobre Juan el alma quitó.
Juan caminaba
entonces hacia el teatro manejado por los hilos de su pasión, dispuesto a ver a
María protagonista de la función, escondido tras las cortinas, por meses la
observó. Cuando la función concluía, Juan se retiraba al lugar donde Facundo
guardaba las marionetas, y distinguiéndola entre todas ellas, tomaba entre sus
brazos a María.
Inesperadamente,
una de todas esas noches María cobró vida, Juan no lo podía creer, tan bella
criatura lo hacía estremecer, y con tiernas caricias comenzó a hablarle, y
María, sorprendida, así mismo le respondió. Las horas a pesar de inexorables,
se hacían eternas y tan bello momento Juan disfrutó.
Pero una
infortunada noche, Juan no resistió más, un hermoso beso en la boca de María
implantó con amor, ella contenta, cariñosa le respondió: -¡Tan bello gesto no
olvidaré jamás! –Juan aturdido, comenzó a llorar. -¿Qué te pasa? –Gritó
desconcertada María -¡No puedo decírtelo, es algo fatal! -¿Fatal haberme dado
un beso? –Preguntó entre lágrimas la bella mujer. -¡Eso mismo, mi niña, por
darte un beso es que debo perecer! Pero no importa, tuve lo que tanto añoré,
tener tus labios junto a los míos es más bello que cualquier otra cosa, pero mi
alma ya no me pertenece, se la di a la luna, quien me quita la vida al darte el
beso que tanto quería… -Desvanecía Juan entre tanta ternura y dolor, y como pedazo
de madera al suelo cayó, liberando su última lágrima en las manos de María,
quien sin entender nada, unos hermosos nardos recogía, que sin razón del pecho
de Juan florecían.
No hay comentarios:
Publicar un comentario