martes, 12 de febrero de 2013

Enamorado de una marioneta


Otra vez como siempre salía Juan apurado y mal vestido,
con un pantalón a cuadros y una camisa (quisiera de lino),
con la mirada fija hacia aquel teatro, que de su casa quedaba a unos pasos.
Con la cara sudada, lleno de algún aroma barato y  un ramo hermoso ramo de  nardos, ¡Para quién serían tan bellas flores que con tanto esfuerzo logró adquirir! Se decía a sí mismo: “Tranquilo, Juan, no llores, ten por seguro que con amores las han de recibir”.

Cual niño pequeño que quiere un confite, corre Juan a la primera fila, esperando ansioso que nadie el puesto le quite, para ver de cerca a la preciosa María, hermosa mujer que con dulce mirada observaba. Tan linda se veía, como el más bello de todos los nardos, Juan no entendía, estaba abrumado, tan pequeña criatura, le hacía sentir mil y una emociones, pero aun así era algo único, sus penas parecían volverse hermosas canciones, extasiado estaba, ¡Cómo le sudaban las manos! Cada uno de sus movimientos lo estremecía, así mismo lloraba, y sus lágrimas rociaban los nardos, y aunque queriendo calmarse, no lo conseguía.

Al acabar la función, Juan aplaudió con gran emoción, salió de repente desde el telón, el famoso Facundo, el que la obra escribió. Salían tras él cuatro marionetas como si cayeran del cielo, “esta es Juana, este es Pedro, aquella Lucía, y la estrella de la noche, la más bella, María”, exclamaba Facundo al público. Como puñaladas, dichas palabras sobre Juan recayeron, sentía mucha tristeza, sentía que moría.

Los días pasaron y la obra seguía en función, y desde la ventana de Juan, sólo se sentía olor a alcohol, seguía preguntándose por qué María sólo era una ilusión, y triste y borracho, le compuso una canción. Tan bella era, que hasta la luna se estremeció, y tan genial pacto le ofreció, que Juan sin balbuceos aceptó. ¡Si me permites ayudarte, en marioneta te convertiré, sé que amas a María, y si eres tal, ella podrá amarte también, pero a cambio quiero que tu alma me des, no te preocupes, todo saldrá bien, ten presente que si en madera te vuelves, igual poco o nada vas a sentir. Tú lo que quieres es estar con María y eso te lo puedo permitir. ¿No estás de acuerdo?-Exclamó perversa la luna quien lo único que quería era el poema e inmortalizarlo con el alma de Juan. –Te recuerdo que si llegas a darle un único beso, mucho te arrepentirás, pues perderás lo poco de alma que te quede, y a ella se lo darás y probablemente se convierta en una mujer de verdad, pero para aquel entonces tu vida me pertenecerá. -¡Cómo puedes ser tan despiadada, luna, cómo no besar a quien realmente amo! –Pero ya era tarde y la blanca maga a Juan en marioneta convirtió, y cual quien roba un tesoro, al pobre Juan el alma quitó.

Juan caminaba entonces hacia el teatro manejado por los hilos de su pasión, dispuesto a ver a María protagonista de la función, escondido tras las cortinas, por meses la observó. Cuando la función concluía, Juan se retiraba al lugar donde Facundo guardaba las marionetas, y distinguiéndola entre todas ellas, tomaba entre sus brazos a María.

Inesperadamente, una de todas esas noches María cobró vida, Juan no lo podía creer, tan bella criatura lo hacía estremecer, y con tiernas caricias comenzó a hablarle, y María, sorprendida, así mismo le respondió. Las horas a pesar de inexorables, se hacían eternas y tan bello momento Juan disfrutó.

Pero una infortunada noche, Juan no resistió más, un hermoso beso en la boca de María implantó con amor, ella contenta, cariñosa le respondió: -¡Tan bello gesto no olvidaré jamás! –Juan aturdido, comenzó a llorar. -¿Qué te pasa? –Gritó desconcertada María -¡No puedo decírtelo, es algo fatal! -¿Fatal haberme dado un beso? –Preguntó entre lágrimas la bella mujer. -¡Eso mismo, mi niña, por darte un beso es que debo perecer! Pero no importa, tuve lo que tanto añoré, tener tus labios junto a los míos es más bello que cualquier otra cosa, pero mi alma ya no me pertenece, se la di a la luna, quien me quita la vida al darte el beso que tanto quería… -Desvanecía Juan entre tanta ternura y dolor, y como pedazo de madera al suelo cayó, liberando su última lágrima en las manos de María, quien sin entender nada, unos hermosos nardos recogía, que sin razón del pecho de Juan florecían.

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